|
Temas
Archivos
Enlaces
Opinión
Lecturas de interés
Actualidad
Los especiales de LND
Otros
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2004.
29/04/2004
 La quimera de al-Andalus. Serafín Fanjul. Madrid, Siglo Veintiuno, 2004. 271 págs. 14,50 euros. Por Adolfo Moncada Un Catedrático de Universidad que denuncia el clima de inquisición cultural de nuestros días. Que nos advierte de los peligros de la penetración silenciosa del Islam. Que denuncia el carácter totalitario de este movimiento religioso. Que al mismo tiempo pone en evidencia la banalidad de nuestra cultura de masas. Que reivindica la españolidad sin complejos ante mitos disgregadores y complejos históricos sin fundamento. Que constata la miseria moral e intelectual de la izquierda cultural y política. Ya le acusaron de “ultraderechista” cuando cuatro años antes publicó en la misma editorial Al-Andalus contra España. La forja del mito. No le asustó la acusación y vuelve a la carga con este homenaje a la objetividad histórica de imprescindible lectura en estos momentos. Moa, Fanjul, Togores, Sánchez Dragó... Desde distintos orígenes y planteamientos, abriendo brecha en el panorama cultural español, pervertido durante décadas por el derrotismo y la autoflagelación. Ojalá sean los pioneros de una necesaria revolución cultural, en la que desde esta publicación digital queremos contribuir en la medida de nuestras fuerzas.  70 ANIVERSARIO DEL COMIENZO DE LA GUERRA CIVIL ¿Por qué la guerra empezó en octubre de 1934 y no en julio de 1936? Como es sabido, uno de los primeros en sostener, implícitamente, esa tesis fue Gerald Brenan, al calificar la insurrección izquierdista del 34 como “la primera batalla de la guerra civil”. El hispanista inglés percibió cómo entonces se produjeron en escala reducida, y sobre todo en Asturias, los mismos fenómenos que a partir de julio del 36: persecución de la Iglesia, encarnizamiento en la lucha, crímenes de retaguardia, rivalidades entre las izquierdas, tensiones separatistas, etc. Sin embargo el aserto en Brenan no pasaba de ser una intuición, clara y potente, pero no demostrada. Según la opinión predominante hasta hace poco, la insurrección del 34 constituyó un precedente de la guerra, pero no el comienzo de ella. Otros señalan un precedente anterior en la “sanjurjada” de 1932. A mi juicio, debemos empezar por distinguir entre ambas. La rebelión de Sanjurjo no fue “de la derecha”, como asombrosamente siguen sosteniendo hoy historiadores que pasan por serios, sino de un sector mínimo de la derecha. No participó en ella el principal partido de la derecha, Acción Popular, eje de la posterior CEDA, ni figuras militares del relieve de Franco. Algunos autores han querido sospechar simpatías con el golpe por parte de Acción Popular, a la espera de cómo saliese la intentona, pero eso no pasa de juicio de intenciones sin base documental. En cambio la insurrección del 34 la protagonizaron los dos mayores partidos de la izquierda, el PSOE y la Esquerra catalana, más otros menores, como el PCE, el embrión del POUM, o, en Asturias, los anarquistas. Y las izquierdas republicanas, que siguen pasando en algunas historias por moderadas, la apoyaron políticamente en declaraciones explícitas, aunque permanecieran luego pasivas, ante la mala marcha del movimiento. Algo muy parecido sucedió con el PNV. Por tanto la insurrección del 34 incluyó, de un modo u otro, a la izquierda en pleno, y no así la de Sanjurjo en relación con la derecha. Añádase que ésta costó diez muertos, casi todos entre los golpistas, sin comparación posible con los casi 1.400 causados por la del 34. Y otra diferencia crucial consiste en las intenciones de cada acción: el PSOE y, de hecho la Esquerra, planificaron su alzamiento como una guerra civil en toda regla, mientras que Sanjurjo pretendía el clásico golpe o pronunciamiento, rápido y poco sangriento. Observemos de pasada que, contra una opinión muy extendida, la tradición de los pronunciamientos militares proviene de la izquierda, aunque en ocasiones la hayan imitado las derechas. Fueron en el siglo XIX los liberales “exaltados” o jacobinos quienes organizaron la gran mayoría de ellos, y cuando los republicanos se reunieron en 1930 en el Pacto de San Sebastián, pensaron enseguida en traer la república por medio del enésimo pronunciamiento. Dado el abrumador predominio de la propaganda en la historiografía española sobre el pasado reciente, mucha gente muestra incredulidad sobre el designio guerracivilista del PSOE, pero se trata de un hecho indiscutible y abundantemente documentado. Desde muy pronto el PSOE chantajeó con la guerra civil, un poco como hace Maragall ahora, aunque nadie lo tomaba muy en serio. Así lo hizo cuando, tras aprobarse la Constitución, la derecha sugirió la disolución de las Cortes constituyentes -- y por ello preconstitucionales--, para dar paso a un gobierno elegido según la nueva ley. Desde el verano de 1933, antes de salir del gobierno, el sector extremo y dominante del PSOE planteó la vía revolucionaria, multiplicando las incitaciones a la guerra civil, para horror de Besteiro. Y cuando, después de las elecciones de noviembre de ese año –ganadas por el centro derecha--, la línea insurreccional triunfó en el partido, proliferaron exhortaciones como éstas: “¡¡Estamos en pie de guerra!! ¡Por la insurrección armada! ¡Todo el poder a los socialistas!”; “El proletariado marcha a la guerra civil con ánimo firme”; “La guerra civil está a punto de estallar sin que nada pueda ya detenerla”; “Uniformados, alineados en firme formación militar, en alto los puños, impacientes por apretar el fusil. Un poso de odio imposible de borrar sin una violencia ejemplar y decidida, sin una operación quirúrgica”. Etc. Las instrucciones secretas para el alzamiento, que he publicado en Los orígenes de la guerra civil, especificaban que el mismo “tiene todos los caracteres de una guerra civil”. Este fervor guerracivilista choca hoy a muchas personas, también del PSOE, pero, como digo, salta a la vista a quien lea la prensa de la época y las instrucciones secretas. La razón de él era doble. La guerra debía abrir el paso a una emancipadora “dictadura del proletariado”, que horrorizaba a Besteiro, y por otro lado los dirigentes del partido tenían la seguridad de ganar. Lo exponía Amaro del Rosal, uno de los organizadores del movimiento, en discusión con el besteirista Saborit: “Por encima de nuestra voluntad hay una situación objetivamente revolucionaria. Existe un espíritu revolucionario, existe un Ejército completamente desquiciado, hay una pequeña burguesía con incapacidad de gobernar, en descomposición. Tenemos un gobierno que es el de menor capacidad, el de menor fuerza moral, el de menor resistencia. Ahora todo está propicio”. Queda claramente documentada, por tanto, la decisión del PSOE -- el partido más fuerte y mejor organizado, con mucho, de la izquierda-- de organizar la guerra civil. Algunos críticos de mi libro han objetado que, con todo, la intentona de octubre fracasó y no dio lugar a una guerra real. Falsa objeción. En el conjunto del país los llamamientos bélicos apenas tuvieron eco entre los trabajadores, pero en Cataluña resultó casi milagroso el rápido éxito de los demócratas frente a la rebelión, largamente preparada, de los nacionalistas de izquierda; y en la cuenca minera asturiana la insurrección ocasionó dos semanas de operaciones plenamente militares por una y otra parte. El ejército peninsular, minado por la infiltración revolucionaria y por su impreparación, se mostró incapaz de reducir a los sublevados, y hubieron de intervenir las únicas fuerzas bien entrenadas, traídas de Marruecos. Hubo guerra, por tanto, en 1934. Pero ¿por qué decimos que no se trató de un simple precedente, sino del comienzo efectivo de la reanudada en 1936? Porque sus organizadores no se volvieron atrás de las ideas y planes que les habían llevado a levantarse contra un gobierno democrático. Después de octubre, todos ellos proclamaron el fallido alzamiento como una gloria y siguieron cultivando una propaganda guerracivilista. Hubo, con todo, una diferenciación entre quienes, como Prieto y Azaña, no tenían ganas de repetir la intentona, y quienes mantenían la decisión revolucionaria, como los socialistas de Largo Caballero o los comunistas, aparte de los anarquistas, siempre dispuestos a la acción. Unidos todos ellos en el Frente Popular (con la CNT apoyando desde fuera) ganaron las anormales elecciones de febrero de 1936, dando lugar a la siguiente situación: los revolucionarios provocaron una oleada de incendios, asesinatos y asaltos, impusieron la ley desde la calle e intensificaron la formación de milicias, creando un doble poder de hecho; la derecha se puso al lado y a disposición del gobierno azañista, constituido por los sectores menos extremistas de la izquierda, a fin de que éste frenase el proceso revolucionario; pero el gobierno se deslegitimó decisivamente al negarse a cumplir su obligación fundamental de respetar y hacer respetar la ley. Llevada a tal extremo, la derecha, que ante el asalto izquierdista del 34 había defendido la ley y las libertades, terminó por alzarse a su vez, a la desesperada, en julio del 36, contra un proceso revolucionario que amenazaba con aplastarla y con desintegrar la nación. En sus planes no entraba una guerra civil, sino un golpe rápido en pocos días. Pero el golpe fracasó y derivó en una larga y cruenta contienda. Existe, como vemos, una continuidad entre la insurrección del 34 y el levantamiento del 36. En rigor, este último fue la consecuencia directa de aquella, o más propiamente, del hecho de que los revolucionarios mantuvieran sus intenciones después de octubre. La guerra, pues, no estalló en julio del 36, sino que, simplemente, recomenzó. Este setenta aniversario puede y debe ser la ocasión de aclarar al público en general unos sucesos históricos cuyos ecos no se han extinguido hasta el presente, y cuya falsificación nos sigue condicionando, y no para nuestro bien precisamente. Pío Moa es historiador y ensayista. AL QAEDA Y ETA Inmaculada Navarrete, jefa de redacción de ABC de Sevilla, intentando tranquilizarnos para «que no cunda el pánico cultural» ante los terroristas islámicos, deslizaba el siguiente comentario en un artículo de la edición sevillana de este diario el pasado 11 de abril: «Al Qaeda está hecha de la misma pasta que la europea y, por tanto, cristiana ETA: sus comandos simplemente se toman al pie de la letra el odio al otro». Este razonamiento es bastante equívoco porque, aunque seguramente no fuera intención de doña Inmaculada, contiene dos ideas erróneas: parece sentar que lo del «odio al otro» es un principio cristiano, y parte de una premisa falsa en tanto que el hecho de que ETA sea europea no significa en absoluto que sea cristiana. Para ser precisos, ETA no mata en nombre de Cristo, mientras que Al Qaeda sí lo hace en nombre de Alá. Cuando unos y otros asesinan, igual de asesinos son y desde luego a las víctimas no creo que les importe mucho en nombre de quién les asesinan. Pero en cualquier caso, apliquémosles a cada cual su auténtico pedigrí para no confundir más las cosas: ETA es marxista leninista a la vez que nacionalista, y Al Qaeda es fundamentalista islámica, con una concepción letal de Dios y de la religión. No lancemos mensajes que induzcan a pensar que ETA es cristiana y que Al Qaeda está hecha de la misma pasta, porque el rumor puede llegar hasta las artísticas orejas de Pedro Almodóvar y se nos descuelga con una nueva peliculita echándole la culpa del 11-M a los curas de su colegio. Miguel Ángel Loma es abogado «DIALOGANDO SE ENTIENDE LA GENTE» Es posible que el contenido de esta frase tenga visos de verosimilitud. Quizá. Probablemente en algunos casos la gente llegue a entenderse dialogando. Incluso hemos de tener fe en que pueda llegar a ser verdad, y desde luego hemos de creer que se puede conseguir. Mas, por lo que vemos, es un propósito digno de encomio, una frase acuñada en la mejor de las intenciones, pero que rara vez se llega a hacer realidad. Porque la primera premisa que ha de darse es el propósito de las partes de estar dispuestas al diálogo sin apriorismos, sin ánimo de imponer a otro sus planteamientos en una postura inamovible con clara intención de hacer quebrar los postulados del oponente en beneficio propio. Dialogar es platicar, exponer, razonar, pero no tratar de imponer. Quizá se quiere dar a la palabra un mayor alcance del que tiene y por ello hace aguas en el momento de ser puesta en circulación. Y es que, ¿acaso se puede dialogar con la banda terrorista ETA, la que con su comportamiento asesino intenta imponer una dictadura nada clara? Es absolutamente imposible establecer un diálogo donde no se dan las circunstancias precisas para el intercambio de puntos de vista, de opiniones, de deseos incluso, con disposición de ánimo para encontrar lo más conveniente, razonando planteamientos, posiciones, para, al final, encontrar lo mejor para lo pretendido. Como asimismo hay que decir que el diálogo que se pretende mantener con el ejecutivo vasco acerca de su plan es un intento fallido antes de iniciarse, pues, de entrada, surge la exigencia de ruptura de la nación desde posturas propias y desde la imposición de quienes representan a la banda criminal ETA. ¿Cómo es posible dialogar con quienes mantienen a los terroristas en las instituciones y quiebran el orden constitucional, y sólo aspiran a romper, junto con ETA, la unidad nacional, amparándose en delirios trasnochados inventados en momentos de desvarío de visionarios enloquecidos? Ni tampoco resulta posible dialogar con los diferentes nacionalismos catalanes, que se mueven en espacios similares a los vascos, con intenciones reflejas, unos con mayor esquizofrenia que otros, haciendo uso de desfachatez y chulería al plantear al futuro gobierno de la nación su exigencia de coparticipar en sus decisiones pero sin que éste tenga opción a opinar sobre aquella región. Es difícil establecer en este espacio de contradicciones un diálogo que no sea de besugos, como admite y define el María Moliner. ¿Acaso se puede dialogar con algunos sectores laborales como el reciente caso de los empleados de Izar que plantearon una lucha revolucionaria todavía no resuelta por reivindicaciones que comprendemos pero con cuya forma de hacerlo no coincidimos? ¿No puede ser calificado de terrorista este comportamiento? ¿O no ha de ser considerado también como terrorismo la acción de los célebres «piquetes informativos» que destrozan bienes públicos y privados en tumultos callejeros o dentro de la empresa cuando intentan forzar, por medios evidentemente ilegales, que ésta se pliegue a sus deseos o planteamientos sin antes sentarse a hablar o rompiendo el diálogo sosegado para ser sustituido por la lucha revolucionaria, en cuyos comportamientos participan de forma decisiva los líderes sindicales y los esbirros pagados, unos y otros subvencionados por las arcas del Estado a las que contribuimos todos para fines más lícitos? No puede haber diálogo incluso entre los partidos políticos ya que renuncian a estudiar e intercambiar puntos de vista, a discurrir conjuntamente hechos y fórmulas para el mejor gobierno, sustituyendo la actitud constructiva por el enfrentamiento público con engaños, insultos, supercherías, traiciones, golpes bajos y sucios, denigrando al oponente. Sin duda esto no es dialogar. Como no es dialogar otro considerable número de comportamientos y situaciones planteados por los hombres y que renunciamos a seguir enumerando para no ser excesivamente largos y reiterativos. Dejemos de hablar de diálogo hasta que estemos dispuestos a dar a esta palabra su auténtico sentido positivo. Dejemos de engañar y de engañarnos proponiendo lo que no estamos dispuestos a hacer con honradez. Busquemos las expresiones más acordes con nuestra intención para no confundir al contrario, pero sobre todo para no desconcertar al que escucha sin opción a participar. Intentemos no manipular a los otros con expresiones confusas y engañosas que lleven al auditorio de un lado para otro en función de intereses partidistas, personales, sectarios. Buen deseo el nuestro que no será atendido. Mas no por ello renunciaremos a repetir insistentemente que el camino por el que vamos no lleva a buen puerto. Estamos convencidos de que es preciso dialogar, aunque bajo otras premisas que las actuales y con la mejor intención de resolver problemas y situaciones, pero, tememos, sólo desde la fuerza será posible convencer a los interlocutores de que es preciso sentarse ante una misma mesa para ejercer tan sana gimnasia. Y que no se diga que insinuamos un golpe de estado, una involución, una dictadura con apellidos más o menos desacreditados. No, simplemente creemos que el diálogo hay que plantearle desde el poder de la razón, en plena libertad, pero mantenido con energía y respaldado por las instituciones, que para eso están. Emilio Álvarez Frías dirige la revista de pensamiento ALTAR MAYOR RETIRARNOS DE NOSOTROS MISMOS Las tropas españolas se retiran de Irak por decisión del Presidente del Gobierno, Sr. Rodríguez Zapatero. Santo y bueno. Es su decisión y parece que fue la opinión de una parte de la sociedad española que abolló sus baterías de cocina de modo frenético antes de darle su voto. ¿Qué hará el Gobierno si la ONU se muestra, en adelante, intervencionista? ¿Emular a Felipe González, que envió la “Santa María” al Golfo y consintió en el abastecimiento de bombarderos estadounidenses en espacio aéreo español? Todo está por ver, de forma que nos ahorraremos la profecía. Algunos votantes socialistas del 14-M se han sentido mal, y no me lo explico: más rápidamente, imposible; Zapatero-correcaminos; bip-bip, ahora que el coyote-Aznar se ha alejado… ¿Cómo se van a sentir otros votantes zapateristas –y no digamos los del PP y los que no votamos a nadie- si nos seguimos retirando de otros lugares en el futuro, por presiones que puedan ejercer terroristas o servicios secretos de terceros? ¿Alguien se ha planeado si el Gobierno y las cacerolas optarán por futuras retiradas de presuntos Perejiles? ¿O de Ceuta y Melilla, que es lo que vendría después? Y no sigo con la lista de retiradas que se me ocurren, porque aún no han cambiado la Constitución para dar facilidades a los aliados-acreedores del PSOE… Lo malo no es que un Gobierno determinado marque una determinada política internacional. Está en su derecho, aunque luego paguemos las consecuencias todos los españoles, ya no en atentados pero sí en sonrisas burlonas. Tampoco es lo peor, si me apuran, que, tras dejar la alianza del Imperio Yanqui, adoptemos la sumisión tradicional de nuestros “progres” a la “Grandeur” vecina. Tampoco es malo por sistema que un Gobierno determinado marque un rumbo distinto en política educativa; como en el chiste de Lourdes, nos habíamos acostumbrado (“¡Virgencita, que me quede como estoy!”) a la mediocridad, a la incultura y al fracaso escolar, y al camino apresurado hacia eso que los especialistas empiezan a llamar “sociedad juvenil enferma”. Quizás no sea malo que las previsiones de planes hidrológicos se hayan convertido en anatemas y, si Dios no lo remedia, media España siga sedienta, rodeada, eso sí, de dignidades democráticas. Y no sé si será malo –pero puede serlo- revisar una política de lucha contra el terrorismo interno y contra sus aliados. Lo peor va a ser que vamos a iniciar una retirada de nosotros mismos, de nuestra conciencia de ser y de sentirnos españoles. Ojalá me equivoque. Manuel Parra Celaya es Doctor en Pedagogía y Profesor de Enseñanza Secundaria.
30/04/2004
 DEL CAPIROTE AL TURBANTE No deja de ser incongruente que en un país en el que la mayor parte de sus personajes públicos hace profesión de un agnosticismo militante, y en el que la Religión es un valor en baja, las procesiones de Semana Santa sean un fenómeno de masas. Y esto, precisamente en las regiones en las que triunfan de un modo más aplastante las opciones políticas de signo abiertamente antirreligioso, aquellas que pretenden desterrar la Religión de las escuelas, a fin de evitar sus efectos, supuestamente nocivos, sobre las generaciones más jóvenes. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es la Semana Semana? Una fiesta popular, desde luego. Un período vacacional, también. Pero ante todo, la época del año en la que los católicos –teóricamente la gran mayoría de los españoles- rememoran el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Dios hecho Hombre. Claro que esta remembranza sólo incumbe a una porción muy minoritaria de esos mismos católicos. Para los demás, la Semana Santa es una extensión del Carnaval, puesto que en ella ven el pretexto para comer y beber hasta hartarse, y algunos incluso hasta para disfrazarse. Otros dirán que la religiosidad popular es así, y no les falta razón. Lo que ocurre es que hemos llegado al punto en el que en el concepto de religiosidad popular, el elemento religioso se ha evaporado casi por completo. Y lo hará totalmente, dentro de no mucho tiempo, cuando las nuevas generaciones, educadas en la ignorancia más absoluta de su tradición religiosa, vean las figuras mostradas en las procesiones como una serie de muñecos sin significación alguna, más allá de sus cualidades meramente estéticas. La culpa desde luego, no va a ser únicamente de los apóstoles del laicismo. La jerarquía eclesiástica española tiene mucho sobre qué responder. Incapaz de contestar a multitud de problemas que se abaten sobre el español de a pie y sumida en la ambigüedad moral más absoluta. Y si no, que se lo pregunten, por ejemplo, a los obispos de Córdoba y Jaén y su actitud ante la conducta delictiva de algunos clérigos de sus diócesis. Y mientras tanto, el Islam avanza silenciosamente... Amenazando tanto nuestra identidad como la libertad y seguridad colectivas. Si Dios no lo remedia, vayan preparando el turbante señores. Antonio Brea es Licenciado en Geografía e Historia y Profesor de Enseñanza Secundaria
|