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ENTREVISTA A CARLOS CABALLERO

ENTREVISTA A CARLOS CABALLERO ENTREVISTA A CARLOS CABALLERO. «“IDA Y VUELTA”: NO CABE DUDA DE SU VALOR EXCEPCIONAL COMO TESTIMONIO HISTÓRICO»

Traemos hoy a LND a uno de los historiadores más importantes de la corriente revisionista española, que pone en tela de juicio tantos clichés empleados por los funcionarios del sistema para manipular la memoria histórica. Profesor en un Instituto de Enseñanza Secundaria en el Levante español, Carlos Caballero ha firmado ya a sus 47 años veintiséis títulos, varios de ellos escritos en colaboración. Publicados originalmente en castellano o inglés, algunas de estas obras han sido traducidas al alemán y al italiano. Es, además, asiduo colaborador de varias revistas especializadas en temas militares como Defensa, Serga o Revista Española de Historia Militar. Sin ninguna duda, es el mayor especialista en lengua española en el movimiento de voluntarios europeo durante la II Guerra Mundial, una cuestión que ha encontrado cierta polémica en los medios españoles recientemente.

LND. - ¿Cómo es posible que un autor tan prolífico sea prácticamente desconocido fuera de determinados círculos altamente especializados?

CC. - Supongo que porque la Historia Militar aún despierta poco interés en nuestro país, al menos la Historia Militar de conflictos a los que fuimos ajemos. Al haberme “especializado” en aspectos muy concretos de la II Guerra Mundial me encuentro con que este tema sólo interesa muy marginalmente al público español.

LND. - ¿Pueden señalarse periodos o etapas en su producción historiográfica? ¿A qué son debidos estos cambios?

CC. - En un principio me interesó la Historia Contemporánea de una manera más global, especialmente el periodo 1914-1945. De ahí nacen mis pequeñas incursiones en Historia política o de las ideas. Pero finalmente me he concentrado, como antes decía, en temas de Historia Militar, y más específicamente en la II Guerra Mundial.

LND. - ¿Cuál fue el propósito y qué supuso la publicación de “Los fascismos desconocidos”?

CC. - Creo que debe hablarse de casualidad, más que de propósito. En realidad este texto, tremendamente inmaduro, no se concibió como un libro, sino que formaba parte de un trabajo que presenté en la asignatura de Historia Contemporánea en la Facultad en la que estudiaba. Por eso digo que es un texto muy inmaduro y desde luego totalmente superado. Otra cosa es que a algunos lectores les gustara en su día: supongo que porque hablaba de manifestaciones del fenómeno fascista poco conocidas pero que en realidad eran muy interesantes, como las de Codreanu y Szalassi, o de personajes intelectualmente tan atractivos como Drieu la Rochelle.

LND. - ¿Cuál fue el papel, valor y significado del movimiento de los voluntarios europeos contra el comunismo durante la II Guerra Mundial?

CC. - Creo que se trató de una especie de Brigadas Internacionales, pero a la inversa. Además, mucho más numerosas y mucho más genuinas. Me explico. Las Brigadas Internaciones son un auténtico tópico de la historiografía. Se le han dedicado un sinfín de libros. Cualquier persona medio culta ha oído hablar de ellas. Sin embargo, lo que llamamos Movimiento de Voluntarios Europeos movió a mucha más gente. El número de europeos que durante la II Guerra Mundial se endosó el uniforme de la Wehrmacht para luchar contra el comunismo supera, ¡con creces!, ¡lo multiplica!, al número de los que integraron las Brigadas Internacionales. Además son un fenómeno más genuino, porque a diferencia de las Brigadas Internacionales, creadas, dirigidas, instrumentalizadas, por Stalin, el Movimiento de Voluntarios Europeos surge realmente incluso contra la voluntad de Hitler. El Führer no pensó nunca en reclutar españoles, franceses, ni mucho menos rusos o armenios, para luchar contra Stalin. Fue la realidad la que le impuso a él el tener que contar con esos hombres. De hecho, las cifras más altas de voluntarios en este Movimiento Europeo las dan las nacionalidades de la URSS —rusos, ucranianos, letones, turcomanos, azeríes…—, gente a la que Hitler jamás pensó en liberar sino en colonizar, pero cuyo concurso tuvo que admitir finalmente porque le hacían falta para luchar contra Stalin.

LND. - ¿Por qué, sin embargo, se trata de un fenómeno tan desconocido, especialmente en España?

CC. - Para empezar, porque nada que tenga que ver con la II Guerra Mundial despierta en España el interés que provoca en los países que se vieron envueltos directamente en aquel conflicto. Pero, en realidad, este tema es también bastante “tabú” en toda Europa. Incomoda. Molesta. Se sale del esquema simplista con el que se cuenta habitualmente la II Guerra Mundial. Éste dice, más o menos: Hitler era diabólico, todos los que estaban con él eran maléficos, y los que lucharon contra él, buenos por definición. En realidad, en un conflicto tan gigantesco como fue la II Guerra Mundial, dentro de cada bloque existen muchas motivaciones. Por poner un ejemplo: es absurdo suponer que combaten por los mismos motivos los polacos y los canadienses, aun perteneciendo ambos al bando aliado. La Polonia que fue a la guerra era tan militarista, imperialista y antisemita como el III Reich. Dentro del Eje, nos encontramos con que Finlandia —con un régimen democrático y un gobierno socialdemócrata— combate codo con codo con Alemania. Es en este contexto tan diversificado como debemos situar la existencia del Movimiento de Voluntarios Europeos, las Brigadas Internacionales anticomunistas. Pero la misma existencia de unidades de voluntarios anticomunistas procedentes de países ocupados militarmente por Alemania es difícil de digerir para una historiografía oficial, que se empeña en presentar a Stalin como un demócrata y a todos los países ocupados por Alemania unidos como un bloque en torno a la Resistencia.

LND. - Sus últimas publicaciones giran en torno a la División Azul. ¿Por qué ese interés?

CC. - La División Azul me ha interesado siempre. De hecho, si descubrí la existencia de voluntarios europeos anticomunistas de otras nacionalidades en el combate contra Stalin, fue a partir de mi interés por la División Azul. Pero, en concreto, el hecho de que últimamente haya dedicado dos estudios a este tema (uno sobre las Escuadrillas Azules y otro sobre la Batalla de Krasny Bor) se debe en realidad al interés de los editores. Han sido textos escritos “por encargo”. Es a los editores, al público lector en definitiva, al que le interesa el tema, y yo me he limitado a tratar de satisfacer ese interés.

LND. - ¿Qué te llevó a releer y editar “Ida y vuelta”, de Antonio José Hernández Navarro?

CC. - En principio fue la invitación a participar en un sugestivo proyecto de recuperación de textos literarios que habían quedado marginados en virtud de criterios políticos. Dentro de esos parámetros, la obra de Hernández Navarro tiene un valor especial. Sin ser uno de los “grandes” de la literatura divisionaria, su nivel y calidad estético, literario, es más que satisfactorio, y a la vez tiene algo de paradigmático, de modélico, visto desde el punto de vista de la historia. El autor, el personaje que retrata, es en realidad la encarnación literaria de los falangistas de los años 30 y 40. El libro retrata su ideología, sus valores, sus sueños, mejor que cualquier ensayo.
Hace unos días me encontré con un conocido, cuyo padre había servido en la División Azul y que había leído esta edición de “Ida y Vuelta”, Me dijo pura y llanamente: “Me ha gustado: es la historia de mi padre”. En efecto, ése el gran valor de la obra de Hernández Navarro: retrata a la perfección al voluntario típico de la División Azul. La mayoría de las decenas de miles de hombres que sirvió en la División Azul se reconocería en esas páginas. No soy crítico literario y no me atrevo a dar una valoración estética para “Ida y Vuelta”. Pero para mí no cabe duda de su valor excepcional como testimonio histórico.

LND. - ¿Cuál es el valor de la literatura divisionaria?

CC. - Si entendemos como tal el conjunto de lo escrito por veteranos de la División Azul, es un valor muy desigual. Pero la definición de “literatura divisionaria” quizás deba limitarse a las obras escritas con una clara, expresa, vocación literaria. Si nos limitamos a esos títulos y autores (Tomás Salvador, Luis Romero, Carlos Mª Idígoras…), creo que el valor es más que notable.

LND. - El pasado 23 de septiembre se presentó su última obra, “Morir en Rusia”, un pormenorizado estudio sobre la más encarnizada batalla en que participó la División Azul. ¿Es posible que aún queden cosas por decir sobre este tema?

CC. - Pues sí. De hecho, creo que la historiografía española tiene una gran deuda pendiente con la División Azul. Estoy convencido de que cada día habrá más historiadores que se incorporen al estudio de este episodio histórico y de que se harán muchas aportaciones.

LND. - El debate de los historiadores en Alemania en torno al III Reich, o el existente en Francia respecto al colaboracionismo y la posterior Depuración, ¿ha tenido o podrá tener su correlato en España respecto a la Guerra Civil y el Franquismo?

CC. - Si uno se acerca a una librería, ve con sorpresa que en el apartado de Historia Contemporánea sigue habiendo dos temas estrella: la Guerra Mundial a nivel general y la Guerra Civil en el ámbito español. Parece que ambos conflictos no hubieran acabado en 1945 y 1939 respectivamente. Pero no se trata sólo de que estos temas sigan presentes, sino del apasionamiento con que se escribe sobre ellos. Las posiciones de los historiadores siguen estando, en Alemania, en Francia, en España, cargadas con una fortísima tensión ideológica cuando se habla de estos fenómenos históricos.
Por otra parte, se da una situación de desequilibrio. En España, nadie lo ignora, el “establishment” académico en el ámbito de la historiografía está marcadamente escorado a la izquierda. Nada que objetar a esto, cada uno es muy libre de tener sus ideas, salvo que usen ese marchamo “académico” para tratar de desacreditar a quienes sostienen tesis opuestas. Esto tiene un punto inquisitorial deplorable y, francamente, he sentido algo de vergüenza ajena cuando he visto a prestigiados historiadores españoles rehuir el debate y limitarse a la pura descalificación personal de quien sostenía tesis contrarias a las suyas.

LND. - Como profesional de la docencia, ¿cuál es el grado de manipulación de la historia? ¿Conocen y están dispuestos a conocer los jóvenes nuestra historia?

CC. - Muy posiblemente la Historia nació con esa finalidad, manipular el pasado. No podemos engañarnos al respecto. Orwell lo expresó magistralmente: quien domina el presente, domina el pasado, y quien domina el pasado, dominará el futuro. Hay que partir precisamente de la plena conciencia de que ésta es la situación real para tratar de superarla, poco a poco. Debemos saber que no existe la objetividad en Historia, pero —a partir de ahí— perseguirla, intentar alcanzarla.
Ahora bien, en el ámbito de la enseñanza, la Historia es objeto de increíbles manipulaciones. Casi todo lo que se enseña en Primaria, Secundaria, en la Universidad, son cosas con una “utilidad práctica”: a leer y escribir, química, biología... Sólo hay una materia que, sin tener utilidad práctica alguna, aparece a todo lo largo del currículo: la Historia. Y es que nadie que tenga el poder va a renunciar a tratar de imponer a los administrados su propia visión de la Historia.
Ahora bien, se nota un creciente desinterés del alumnado por la asignatura. La historia le interesa cada vez menos a la gente. No es casual. Olvidar la historia también es una forma de manipular la historia y creo que hoy a nuestros políticos, a nuestros líderes sociales, les gusta más que la gente se dedique a otras cosas antes que a meditar sobre sus raíces.
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